Me apodero de mí para luego abandonarme, para que otro me tome, ya no hay más pestañas que formen sombra en mi espacio, nada sé y a nada me inclino ya, ¿Qué me importa? Es dulce esta nada, somos eternos otra vez, terminé de aniquilar mi viaje para volver al principio, a la concepción, al pensamiento de todo este caos que le llaman mundo, a todos estos versos que no caen, a toda esta carne tentada y atormentada, acostada, recitada hacia la nada...
Somos pétalo derramado, poemas cerca de Su Nombre, muerte en los relojes. Estructura de tiempo, respuestas del Sol, seguridad idealizada, habladurías y habladurías llenas de insistencia y píldoras de muerte. Y sin saber nada se recuerda, los golpes y los que no me golpearon, ¿Cuántos hay de esos? ¿Cuántos pozos llenos de oscuridad se ocultaban en mi corazón? ¿Cuántos besos cosecharon desilusiones? Bueno basta. No quiero malgastar la memoria.
Somos pájaros en vigilia, qué suerte que nunca tengo valor para decirte, y después me evitas, pero el valor nunca aparece, sí, Señor, aquí hay otro cielo poético danzando por nuestros ojos, ¿Acaso no lo ves seductor? ¿Estás sintiendo lo mismo? ¿Caemos al abismo? Bueno, estamos a distancia prudencial, la eternidad está entre nosotros, no voy a olvidarme de tu piel, porque se rompieron muchas barreras y se construyeron muchos puentes, se lavaron los pies con la luz de la luna y volvieron, volvimos arrodillados y arrepentidos llenos de amaneceres baratos. Así es, acá me detengo, le escribo al único hombre que me amó. De verdad.
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